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domingo, 27 de enero de 2008

REIVINDICACIÓN DE LA CABALLERÍA


En estos tiempos modernos, cuando se han perdido innumerables valores morales y grandes ideales, los que no nos conformamos con lo existente porque lo existente no nos gusta, miramos hacia atrás y añoramos. Añoramos, los inhóspitos bosques nevados en invierno y floridos en primavera, añoramos las noches estrelladas alumbradas por la tenue luz de la Luna, añoramos el limpio y sonoro mar que la luz del Sol refleja y añoramos aquel viejo Código de Servicio practicado hace siglos y que recibía el nombre de Orden de Caballería.
No faltará hoy en este nuestro mundo, ese tipo de hombre; más pernicioso y dañino que cualquier otro, que, destruyéndolo todo con la irreverente y demoledora arma de la risa; haga mofa, befa y escarnio de la añoranza por aquella Caballería europea que surgió en el siglo XII, floreció en el XIII, declinó en los siglos XIV y XV y se transformó en el XVI en el ideal renacentista de la caballerosidad, redescubierto en el Siglo XIX con el Romanticismo; especialmente a través de las obras del escocés Walter Scott y del francés Alejandro Dumas padre.
El caballero perfecto, debía ser un hombre valeroso y leal como los héroes de la poesía épica, pero sobre todo debía ser generoso servidor del Bien, de la Justicia y de la Verdad a la vez que debía ser un incansable buscador de la realización en la tierra de los más altos ideales, que, por ejemplo, en el Ciclo Artúrico, estaban representadas por la figura del Santo Grial. El caballero ideal debía servir a los pobres y a los necesitados, a su Señor y a su Dama. Curiosamente los ideales de Servicio y Generosidad en el caballero eran tan fundamentales que etimológicamente el término inglés que definía a un caballero medieval, KNIGHT, derivaba del vocablo anglosajón CNIGHT que significa “Sirviente” y posteriormente, en el Siglo XIX, al resurgir en el Romanticismo el ideal caballeresco, el prototipo de caballero inglés era el GENTLEMAN que textualmente significa “hombre generoso”.
El caballero no solo debía ser hombre de armas, sino también de letras e incluso de ciencias pues no solo de las ciencias precisaba por razones de poliorcética sino también por cuestiones médicas y farmacológicas, que le llevaban a ser aceptable botánico y gran amante de bosques y montes en los que encontraba sustento en no pocas ocasiones y por los que habitualmente vagaba en busca de aventuras o grandes ideales sirviéndole también, en ocasiones, de refugio en momentos de melancolía.
La vida del caballero y sus aventuras fueron inagotable fuente de inspiración de poetas, juglares y trovadores hasta tal punto que, remontándonos a las primeras obras literarias de la humanidad difícil será encontrar alguna que no verse sobre hazañas o amores caballerescos, contribuyendo definitivamente la figura del caballero al origen mismo de la literatura, porque, aunque haya quien con razón afirme que la “Iliada” fue escrita con anterioridad a la aparición de la caballería ya en esta obra de Homero encontramos la primera acción caballeresca: La Tregua de Aquiles.
En el presente, cuando el egoísmo individual de los hombres es la medida de todas las cosas, cuando el becerro de oro ha vuelto a ser forjado para la general veneración, cuando los bosques son calcinados, la tierra sobre explotada, la mayoría de la humanidad condenada a una vida inhumana y toda ética o moral reducida a un valor mercantil ¿No existen motivos para añorar aquella caballería? Más aún, ¿No existen motivos para desear el retorno a los altos ideales y a las acciones generosas?. El regreso de los ideales caballerescos es factible y además es imprescindible para que el género humano tenga futuro siendo el retorno a dichos ideales fácil, muy fácil: Solo es necesario amar la belleza sublime, la naturaleza mítica, la cultura sabia y, sobre todo, estar dispuesto a “quererse el último”.

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